EDICIÓN 77: Junio - agosto 2016

La crisis europea de los refugiados

Jerry Brownstein
Europa está experimentando el mayor influjo de inmigrantes y refugiados de su historia. Enormes cantidades de personas están huyendo del terror y la destrucción de las guerras civiles en Medio Oriente y África... dejando atrás las únicas vidas que conocen... enfrentando incontables peligros a su paso... y todo ello por la esperanza de una vida mejor para ellos y para sus hijos. Más de un millón de personas desesperadas lograron alcanzar Europa durante 2015, lo cual supone un impactante 500% más que el año anterior. La escala de la crisis continúa este año, con más de 140.000 llegadas solo en los dos primeros meses de 2016. La gran mayoría (más del 80%) huyen de los conflictos en Siria, Irak y Afganistán. Además, se les suman refugiados de Eritrea, Pakistán, Marruecos, Irán y Somalia, países en los que la pobreza, los abusos a los derechos humanos y la inseguridad hacen de la vida cotidiana un infierno.
 
La respuesta de los diversos países europeos ante esta crisis humanitaria ha sido inconsistente. La reacción más positiva vino de Alemania, donde el gobierno declaró que sus fronteras estaban abiertas a todas las personas que buscaban asilo de forma legítima. Esta extraordinariamente generosa oferta obtuvo una rápida respuesta, con una ola de inmigrantes que entraron en Grecia y se dirigieron al norte hacia la frontera alemana. El resultado fue que cerca de un millón de refugiados entró en Alemania durante 2015. Sin embargo, pronto se hizo patente que el gobierno alemán, a pesar de sus buenas intenciones, había calculado erróneamente la situación. Al parecer, pensaron que una vez los refugiados estuvieran en Europa, la UE se pondría de acuerdo en un plan humanitario para distribuirlos entre los diversos países... pero esto no fue así. Incluso una modesta propuesta de redistribuir a 120.000 de estos inmigrantes a lo largo del continente durante los próximos dos años ha sido rechazada por Rumanía, la República Checa, Eslovaquia y Hungría. Algunos países como Suecia, Dinamarca y Noruega han recibido a un número razonable de estas personas en relación al tamaño de sus países, pero para nada las suficientes como para aliviar la presión sobre Alemania.
  
La ruta que han tomado estos refugiados desesperados en su búsqueda de libertad ha sido sobre todo a través de Turquía, y de ahí en barco hasta Grecia. Se trata de un peligroso viaje durante el cual están en manos de traficantes de personas, gente sin escrúpulos que les coge el dinero y les sube a barcos sobrecargados que a menudo se hunden. Quienes tenían la suerte de alcanzar Grecia debían seguir su camino hacia al norte a través de estados balcánicos que no acogían su presencia y les acosaban constantemente. Su camino hacia Alemania les llevaba después a cruzar Hungría y Austria, países de la UE que no desean tenerlos en su territorio. Quienes sobrevivieron a este largo y horroroso viaje finalmente alcanzaron Alemania... su tierra prometida... pero esa promesa no ha resultado ser lo que esperaban.
 
Al principio parecía que el pueblo alemán respondería heroicamente ante la situación y escribiría un emotivo capítulo en la historia de la Humanidad. Los refugiados eran recibidos en las estaciones de tren y en las fronteras con flores, y miles de alemanes se ofrecieron voluntarios para ayudarles a instalarse. De hecho, aún hay miles de alemanes generosos trabajando cada día para cuidar de estas personas... pero también hay un lado más oscuro a todo esto. Sin la ayuda que se esperaba del resto de la UE, pronto se hizo evidente que Alemania no estaba en absoluto preparada para recibir a tal cantidad de gente buscando asilo. Mientras algunos se instalaban pacíficamente, otros permanecieron durante todo el invierno en refugios temporales. Mientras, aún otros eran trasladados a pueblos y ciudades que no estaban equipados para poder gestionar la llegada de tanta gente, sobre todo teniendo en cuenta que sus orígenes y costumbres son tan diferentes. Los resentimientos y los conflictos empezaron a surgir de forma inevitable.
 
La situación alcanzó un momento álgido en Nochevieja, cuando cientos de mujeres alemanas fueron asaltadas sexualmente por grupos de jóvenes hombres musulmanes durante una abarrotada celebración en Colonia. Parece ser que la mayoría de esos hombres eran del norte de África, y no de Siria, pero aún así subrayaba los problemas inherentes en el intento de integrar a tanta gente que viene de culturas tan foráneas. Las diferentes actitudes hacia las mujeres son desde luego de las diferencias más evidentes. La mayoría de hombres musulmanes se asombran de ver a mujeres vestidas con ropa reveladora, bebiendo alcohol y besándose en público. Ellos vienen de una sociedad donde las mujeres son reprimidas y tratadas como inferiores. Si se pretende que estos hombres convivan pacíficamente en Occidente, entonces es necesario que se les enseñe a adaptarse a nuestra forma de vida, y sobre todo a la libertad de las mujeres europeas. Se han empezado a desarrollar programas para lograrlo, pero llevará tiempo cambiar esas creencias profundas, y mientras tanto el resentimiento y la fricción siguen creciendo.
 
A pesar de los esfuerzos sinceros y generosos de tantos alemanes de a pie por ayudar a estas personas, ha habido una reacción negativa muy seria por parte de los elementos más oscuros de la sociedad alemana. Desde enero, se han sucedido más de 1.500 incidentes de ataques violentos a inmigrantes, y muchos de los edificios donde se les ha alojado han sido incendiados. Los partidos de extrema derecha han alimentado los instintos xenófobos más bajos de sus seguidores, mientras muchas personas bienintencionadas buscan desesperadamente respuestas ante cómo gestionar esta desbordante situación. En otros países europeos se está dando un incremento similar en los partidos políticos de extrema derecha.
  
El gobierno alemán finalmente se ha dado cuenta de que ha alcanzado su límite, y han estado negociando formas de frenar la ola de futuros refugiados. Hace unos meses, los estados de los Balcanes y Austria cerraron sus fronteras para que los refugiados ya no pudiesen pasar hasta Alemania. Esto ha causado que miles de inmigrantes hayan quedado atascados en campos en las fronteras y en las islas griegas, porque no se les permite avanzar hacia el norte. Recientemente, se ha alcanzado un acuerdo con el gobierno turco para que envíen a algunos de estos inmigrantes (los que no buscan asilo legítimamente) de vuelta a Turquía. Se trata de un acuerdo complejo, pero básicamente consiste en que la UE le dé a Turquía unos seis mil millones de euros para ayudar a atender a los refugiados dentro de sus fronteras. También están ofreciendo a Turquía otros beneficios políticos y económicos que de lo contrario no recibirían. Por cada inmigrante que sea devuelto a Turquía, la UE aceptará un refugiado válido de los campos en Turquía... pero solo hasta un límite de 72.000. Además, la maltrecha economía griega, que no puede atender adecuadamente a los miles de refugiados que se encuentran atascados dentro de sus fronteras, recibirán ayuda económica con este fin.
 
La Canciller alemana Angela Merkel, que diseñó esta propuesta como parte de sus esfuerzos por rescatar su política de puertas abiertas en su propio país, aceptó que aún hay muchos obstáculos. «No me hago ilusiones de que lo que hoy acordamos no suponga también grandes contratiempos», dijo la Sra. Merkel. «Tenemos ante nosotros una enorme tarea logística». Ciertamente, estas medidas son tan solo parches que posponen pero no resuelven los problemas. Los expertos afirman que impedir la ruta desde Grecia hacia el norte y Alemania no hará más que forzar a la ola de inmigrantes a encontrar otras formas de acceder a Europa. Claramente, no se trata de una situación sencilla. Por una parte tenemos a los refugiados, cuya amplia mayoría son buena gente que tan solo busca lo que todos deseamos: una vida de paz y felicidad para ellos y sus familias. Han arriesgado sus vidas por esta oportunidad, y la única respuesta humanitaria correcta es tender la mano y ayudarles, como ha hecho mucha gente. Por otra parte, integrar a un número tan masivo de personas de culturas radicalmente distintas es un reto abrumador. ¿Está Europa a la altura de tal reto? ¿Podemos superar a las fuerzas del miedo y la xenofobia? El tiempo lo dirá... •
 

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