EDICIÓN: Abril - junio 2015

Fracking: Bendición o maldición

Por Jerry Brownstein
Hay mucho debate en marcha sobre el tema de las extracciones de petróleo y gas utilizando la técnica denominada “fractura hidráulica”, conocida popularmente como “fracking”. Quienes apoyan esta tecnología señalan que ha transformado el mercado energético americano, incrementando de forma dramática el suministro doméstico de petróleo y gas natural. Esto ha llevado a una bajada de los precios y a una recuperación de la economía, con la creación además de mucho empleo. Por otro lado, quienes se oponen al fracking se inquietan por los numerosos problemas medioambientales que surgen de este tipo de extracción. La oposición de la comunidad ecologista mundial ha sido unánime, especialmente en Europa. El debate sobre el fracking ha alcanzado incluso a la cultura popular gracias a películas como “The Promised Land” (La Tierra Prometida) y “Gasland” (Tierra de Gas).



¿Dónde reside por tanto la verdad? ¿Se trata el fracking de la gran fortuna económica que alegan las empresas y los industriales, o del desastre ecológico en ciernes del que alertan los ecologistas? Para poder tener una imagen más clara, veamos los datos que rodean a la fractura hidráulica y cómo funciona. La extracción tradicional taladra más o menos en vertical hacia abajo, y cuando se alcanza una bolsa de petróleo o gas, éstos suben a la superficie debido a la presión natural que se genera al ser liberados de la roca. Sin embargo, existen cantidades importantes de combustibles fósiles que se encuentran atrapadas en densas capas de esquisto bituminoso, que hasta hace poco eran inaccesibles. A lo largo de los últimos diez años, las empresas petrolíferas han descubierto cómo obtener este recurso, uniendo dos tecnologías: la fractura hidráulica y la perforación horizontal.

Un pozo de fracking típico es perforado primero en vertical hacia abajo hasta alcanzar el esquisto, a una distancia media de unos 2.500 metros. La perforadora es entonces redirigida a la derecha o la izquierda para que se extienda a lo largo de la fina capa horizontal de esquisto. Pueden hacerse varias perforaciones a partir de cada pozo vertical, que a su vez después son perforadas con agujeros que permiten el paso de agua y de pequeñas partículas. El siguiente paso es inyectar enormes cantidades de agua (mezclada con arena y sustancias químicas tóxicas) directamente en las capas de esquisto, a una presión extrema. Este líquido emerge a través de los agujeros perforados, lo que crea tanta presión sobre el esquisto que éste se fractura, liberando así el petróleo o el gas atrapados.



Quienes se oponen al fracking se basan en la amenaza medioambiental que supone para el agua, el aire, la tierra y la salud de las comunidades. Las cantidades de agua utilizadas son enormes (se requiere hasta 40 millones de litros para fracturar un solo pozo). Por tanto, en un área de mucha perforación, se pone una enorme presión sobre los recursos hídricos locales. Además, esos millones de litros de agua se mezclan con un “cóctel” tóxico de químicos que incluye ácidos, detergentes y otras sustancias nocivas. Una vez que se ha explotado el pozo, gran parte de este “cóctel” se queda en el suelo, y puede filtrarse hacia las aguas freáticas y potables de la zona. El resto del agua contaminada se bombea de nuevo hacia arriba y se almacena en fosas abiertas, donde puede afectar a la calidad del aire y del agua.

Otro problema es que desde estos pozos se filtra gas metano, creando contaminación por un lado, y por otro la posibilidad de peligrosas explosiones. Por si todo ello no fuera suficiente, también se corre el riesgo de causar temblores de tierra. No resulta difícil imaginar que inyectar miles de millones de litros de líquido a alta presión y a grandes profundidades para fracturar la roca subterránea, pueda tener un efecto sísmico. De hecho, se han registrado temblores en muchas áreas donde se ha realizado fracking y que previamente siempre habían sido zonas tranquilas a este nivel. Finalmente, quienes se oponen al fracking explican que no solo se trata de un desastre medioambiental, sino que además la creación de más reservas de petróleo no hace sino retrasar la inevitable necesidad de poner en marcha alternativas limpias y sostenibles.



Todo ello suena bastante deprimente, pero quienes fomentan el fracking alegan que los beneficios económicos compensan estos riesgos. Señalan que en los EEUU el fracking masivo ha cambiado completamente la situación energética en tan solo diez años. La producción americana de gas y petróleo había estado en constante declive, y para el 2005 tenían que importar más del 60% de lo que necesitaban. En este punto, el precio del barril había superado los 100 dólares, lo que hacía que procesos caros como el fracking fuesen económicamente viables. Esto llevó a un enorme surgimiento del fracking para obtener gas natural, y para el 2010 se habían convertido en el primer productor de gas del mundo. Entonces empezaron a hacer fracking intensivamente para obtener también petróleo, y para el 2014 habían logrado añadir casi 5 millones de barriles al día a su producción, superando a cualquier otro país excepto Arabia Saudí. Esta revolución en la producción energética ha impulsado enormemente la economía americana y ha eliminado su dependencia del petróleo extranjero.  

Claramente el fracking aporta beneficios económicos y políticos, pero ¿estas ganancias a corto plazo compensan los problemas a largo plazo que podrían estar creando? Europa occidental desde luego que querría relanzar sus economías y reducir su precaria dependencia del petróleo y gas rusos y de medio oriente, pero hasta ahora se ha resistido a la tentación de utilizar el fracking. Se cree que Francia y Bulgaria albergan las mayores reservas de esquisto bituminoso del continente, pero ambas han prohibido el fracking. El gobierno polaco en un principio dio la bienvenida a las exploraciones, pero todas las grandes empresas energéticas se han retirado recientemente debido a problemas técnicos y a las protestas públicas. Incluso en los EEUU la oposición al fracking se está fortaleciendo y en diciembre de 2014 el Estado de Nueva York lo prohibió diciendo: «Los impactos medioambientales y sanitarios potenciales son demasiado grandes».



Irónicamente, es el mismo éxito del fracking lo que está ayudando a ralentizar su desarrollo. Ha habido una vertiginosa caída del precio del petróleo, que ha bajado de los más de 100 dólares que costaba el pasado julio hasta los menos de 50 de ahora. Gran parte del motivo de este descenso es el hecho de que el fracking, junto con otras técnicas caras de extracción, han expandido enormemente el suministro de combustibles fósiles. Con los precios tan bajos actuales, el fracking es mucho menos beneficioso para las empresas petrolíferas, que se están retirando de nuevos proyectos. Sin embargo, quienes se oponen al fracking deben mantenerse alerta, pues los precios seguramente vuelvan a subir en el futuro, y con ellos la tentación de utilizar métodos de extracción poco gratos para el medio ambiente. •

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