EDICIÓN 67: Octubre - Diciembre 2014

Enfocando en: Optica La Mar

Texto: Cat Weisweiller
Georg Seidel nació en Aachen, Alemania, en 1960. Tan solo cuatro meses después, sus padres se lo llevaron a Bangkok, donde su padre trabajaba desarrollando óptica industrial. No fue hasta que Georg cumplió 10 años que la familia se volvió a Alemania, esta vez a Stuttgart, donde su padre se alió con la gran cadena óptica alemana Optic Schneider. En esencia, el mundo de la óptica es todo lo que conoció Georg de pequeño. El momento clave llegó cuando Georg, con unos 13 años, llegó a la tienda de su padre para encontrarse a un cliente en lágrimas. Resultó que su padre habilidosamente había desarrollado una lente muy sofisticada que, inesperadamente, le había devuelto a este hombre la vista. Este momento tuvo tal impacto en Georg, que decidió ahí mismo que sería óptico como su padre.
 
Y, cumpliendo su palabra, en cuanto surgía la oportunidad, se metía en el taller de su padre donde se trabajaban las lentes: «¡Los mayores me enseñaron todo!». En cuanto podía, trabajaba después del cole y los fines de semana para ganarse unas perras y aprender bien la profesión. Esto le llevó por supuesto a formarse en la universidad, de la que salió a los 23 años como óptico cualificado.
 

 
Poco después, su padre le envió a Japón durante un año, sobre todo para ampliar su conocimiento óptico. Sin embargo, allí fue seducido por una segunda pasión: el windsurfing. Durante la década siguiente, dividió su vida entre el windsurfing cuando era la temporada, y el trabajo como óptico fuera de temporada. Durante su primer año, viviendo y trabajando con su mentor, aprendió la disciplina y honor que se aplican en Japón a los negocios, y la ética fundamental de que el trabajo no es solo un empleo, sino una forma de vida. Le hace gracia recordarlo: «En aquella época, no era tan frecuente encontrar a occidentales en este negocio. Me llevó un tiempo acostumbrarme a tratar con ojos más menudos, ¡y los clientes curiosos me conocían como el hombre de ojos grandes!». Tal diversidad cultural también traía consigo otro precio que pagar: «Echaba de menos a los míos, pues era la época anterior a los móviles e internet, así que el contacto con el hogar era escaso».
 
Sin embargo, al poco tiempo la actividad de Georg con el windsurf le proporcionó la distracción que necesitaba. Trabajó en el Robinson Club como instructor de windsurfing por todo el mundo durante años, probaba tablas de surf en Sudáfrica para F2, y realizó el circuito internacional de competiciones, ganándose entre otros el título de 2º Euro Master. Fue cuando ganó su última carrera en el Mar Rojo que se dio cuenta de una nueva realidad: «Tenía treintaitantos, lo que ya te hace viejo en los círculos del windsurfing. Quería dejarlo en la cumbre de mis posibilidades. Era hora de dejarle sitio a la nueva generación, y volver a mi empleo cotidiano».
 

 
Y así fue cómo Georg volvió a Stuttgart a trabajar en la tienda de su padre, a mediados de los 90, y después se mudó a Munich. Para 1998, cuando Georg se acercaba a los 38 años, echaba mucho de menos estar junto al mar, cuando un día predestinado vio que se anunciaba la venta de una tienda en las Baleares. Respondió al anuncio preguntando por el clima. «No vengas, aquí hace mucho viento», fue la respuesta. Huelga decir que ¡Georg voló para allá ese mismo día, tabla en mano! No hizo falta mucho más para convencer a Georg de hacerse con la gestión de Optica La Mar, que anteriormente perteneció a un óptico alemán y está justo en pleno paseo marítimo de Santa Eulalia. Con algo de ayuda de su padre, cubrió las deudas previas del negocio y lo abrió de inmediato, reformándolo por el camino hasta alcanzar su gloria actual. En 2003 conoció a su pareja española, Julia, quien aportó una hija a la relación, a quienes pronto se sumaron dos hermanos más.
 
Hasta el día de hoy, la misma ética profesional que absorbió en Japón ha permanecido con Georg, aportándole una clientela fiel: «Viene una y otra vez gente de todo el mundo. Me llena mucho». Al igual que su padre, él cree en ir siempre más allá de lo esperado. Para él, sus clientes son algo más que eso, y ellos se ven atraídos por su habilidad inimitable para invertir en ellos como personas, recordando sus nombres y sus historias vitales. También se siente orgulloso de la rotación meticulosa que hace de sus aparatos, cambiando toda la maquinaria para el testeo de la vista y para el cuidado de las lentes cada dos años, y fanáticamente estando al día de los últimos desarrollos tecnológicos.
 

 
Su nueva adición a este batallón es una máquina de tomografía llamada TOPCON Maestro 3D Optical Coherence Tomography (OCT). La compró a finales del año pasado, fue la primera en Europa y sigue siendo la única en Ibiza. Esta máquina genera imágenes magnificadas a color y en alta resolución de la parte trasera del ojo, todo ello diseñado para identificar toda una serie de trastornos incluyendo el glaucoma, la degeneración macular y el daño retinal en sus fases iniciales, en algunos casos incluso detectando un riesgo potencial tres años antes de tiempo. Incluido en el precio viene un informe escrito certificado de especialistas en Barcelona, que analizan los datos por internet. «El ojo es un micro-mundo dentro de una pequeña esfera. Una vez que algo se desequilibra, puede suceder una fatal reacción en cadena. La máquina OCT en 3D ofrece la seguridad de un chequeo visual preventivo completo, sin la ansiedad de tener que esperar mucho tiempo a los resultados».
 
Lo que empieza como un pequeño agujero o rasgadura en la retina, por ejemplo, puede resultar en un desprendimiento de la retina, que puede llevar a perder la vista. Sin embargo, la buena noticia es que si estas situaciones se detectan pronto, muchas pueden tratarse con sencillas inyecciones o complementos minerales. Georg, que también ofrece citas privadas, mantiene sus precios accesibles de forma intencionada: «Nuestra motivación principal es que, al igual que todo lo relacionado con la salud, más vale prevenir que curar». •
 

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