EDICIÓN 60: Agosto - Octubre 2013

Roger Dixon – Un aclamado artista de la isla

Texto: Catherine Whitham
Roger Dixon, el pintor, nació a las afueras de Londres en 1943. Su padre era coleccionista de todo tipo de arte y antigüedades y su madre era pintora. En su alocada y desordenada casa vió multitud de formas y colores, y en su exterior se admiró con la belleza de la Naturaleza. En el taller empezó a pintar, ya con óleos.
 
Pero lo pasaba mal en la escuela, era académicamente mediocre y cada vez más rebelde. A los 17 ya no aguantaba más. Agobiado por el aburrimiento y el conformismo, e impulsado por la urgente sensación de que la vida real le aguardaba, Roger huyó a París. Allí vivió una aventura que duró tres años, sin apenas dinero y a veces acompañado por su primera novia, que le llevó a atravesar todos los países del Sur de Europa desde el Líbano a Portugal. El turismo de masas no se conocía, las carreteras estaban vacías y la gente local era hospitalaria. Fue, para él, el periodo más formativo de su vida y lo recuerda con viveza. Se enamoró del Mediterráneo, de su belleza, su clima y el ambiente amistoso y esto resultó ser una influencia decisiva en su vida.
 

 
Volvió a Londres, pensando que tal vez se había equivocado. Intentó integrarse en esa sociedad, trabajó en televisión y después fundó un estudio para desarrollar ideas artísticas – en aquel tiempo, las esculturas Op Art hechas con cristal y espejos. Pero el sol y la libertad de una vida en el exterior le llevaron de nuevo a Francia y después a España.
 
En 1968, Roger vino a Ibiza por primera vez. La isla era una gran desconocida, la vida era barata y la sintió idílica. Tras un viaje por tierra, sobre todo a dedo, desde la India a Nepal, se dió cuenta de que en Ibiza se sentía en casa. Y el viaje a Oriente sentó las bases para su otro interés principal en la vida además de la pintura – la denominada búsqueda espiritual.
 
Así que parecía haber un solo camino para este romántico errante: pintar y utilizar la acción de pintar la belleza del campo como una especie de meditación. Y sin concesiones: sin empleos secundarios, sin distracciones empresariales. Dedicó un año a estudiar dibujo vivo en Bellas Artes en París. De vuelta en Ibiza, empezó a vender sus primeros cuadros. Fue el comienzo de un largo camino de improvisación en su vida diaria – de una u otra forma, la isla siempre le apoyaba con un lugar donde dormir y lo suficiente para comer.
 

 
Casi cuarenta años después, sigue aquí pintando los paisajes y detalles de la isla. Suele trabajar en exteriores, siempre con óleos y sobre lienzos de tela. Sobre su trabajo, dice: «El arte que me interesa no es conceptual ni basado en ideas o ilustrativo. Debe venir de una fuente que esté más allá del intelecto, llamémoslo inspiración o intuición. Siento que cuando interfiere mi personalidad, cosa que sucede con frecuencia, el trabajo pierde vida.» En invierno a menudo viaja a Asia, y en años recientes casi siempre a Camboya, donde fundó una ONG para niños de familias muy pobres. Por lo demás, vive una vida sencilla, volviendo al Norte de Europa tan solo de vez en cuando.
 
Nunca ha buscado el éxito comercial de un artista de carrera con galerías y representantes. Esto significa que es poco conocido fuera de Ibiza y por tanto sus cuadros, aunque son de altísima calidad, son poco caros para lo que se mueve en el mundo del arte. Sus cuadros forman parte de las colecciones de muchos propietarios de la isla, además de visitantes y amigos de todo el mundo. Normalmente vende a gente que conoce y a visitantes de su casa-estudio en el Valle de Morna. De hecho, le gusta conocer gente y hacer nuevos amigos, al margen de que quieran comprar arte, así que me pidió que enfatizara que siempre son bienvenidos los visitantes, aunque sea meramente para disfrutar de un vaso de vino en la terraza. •

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