EDICIÓN 39: Febrero - Abril 2010

NACER EN CASA

Uta Horstmann
Salir del vientre materno y entrar en el mundo, pasar del agua al aire, el primer gran viaje…





















Nace un nuevo ser humano. ¿Hay algo más hermoso que ver su propio bebé por vez primera, tenerlo en brazos y sentir su suave piel? Nosotros, los padres, tenemos la suerte de poder dar la bienvenida a este delicado ser que acaba de llegar al mundo y que a partir de ahora quedará enteramente a nuestro cuidado.

La mayoría de los niños europeos nacen en una clínica. La primera luz que ven suele ser la de las lámparas de neón en las salas de parto o las luces atenuadas de hospitales y clínicas de maternidad más progresistas. Cada vez son más las mujeres que deciden alumbrar en casa. “El mejor sitio para traer tu hijo al mundo es allí donde tú, como madre, te sientes más cómoda”, me dijo mi comadrona cuando nos conocimos.

Mi hija nació en casa, en nuestro tipi (tienda de los indios norteamericanos). ¡Que afortunada ha sido! Le fue permitido empezar su vida en un bosque de Ibiza y de encontrar su camino de mi vientre al mundo siguiendo su propio ritmo sin prisas ni estrés. Recuerdo su nacimiento como una experiencia atemporal e indescriptiblemente intensa. Una noche y un día en otra dimensión – sintiéndome unida con la tierra, sufriendo dolor y, a la vez, sintiéndome a salvo, sabiendo que únicamente yo podía sacar a este niño de mis entrañas.

Para muchas mujeres el alumbramiento es un paso importante en su evolución. Cuando damos a luz de forma natural, nuestra confianza en nosotras mismas y en la madre naturaleza aumenta. En muchas ocasiones este acontecimiento entraña sufrimiento, pero posteriormente, el dolor casi lo borramos de nuestra memoria y recordamos, sobre todo, los momentos de felicidad que siguen al nacimiento del niño.

Para mi, estaba claro desde el principio que quería dar a luz en casa. Una y otra vez me imaginaba cómo un recién nacido percibiría el mundo al verlo por primera vez. Quería una llegada dulce para mi pequeña. Quería que escuchara, oliera y sintiera aquello que a mí me hace sentirme protegida y segura. Lo primero que olió, sintió y escuchó fue el apacible crepitar del fuego en nuestro tipi y nuestras voces cantándole suavemente una canción de bienvenida. Este ser desnudo, tan pequeño y puro, tuvo la suerte de nacer de forma natural, sin oxitócicos ni anestesia. La comadrona puso mi hijita, que aún estaba mojada y resbaladiza, en mis brazos inmediatamente. La puse sobre mi vientre y sentí su calor, vi su carita finamente modelada y sus manitas, que parecían grandes en comparación, y lloré junto con su padre. Había ocurrido un milagro…

El cordón umbilical, que había suministrado a la niñita durante 9 meses todo lo que necesitaba y que constituía una conexión importantísima con su madre, no se cortó hasta media hora después del nacimiento. Los pequeños pulmones se llenaron de oxígeno por vez primera y tuvieron tiempo para acostumbrarse a realizar la función vital de respirar. El papá tuvo el honor de cortar el cordón umbilical. Tuve el lujo de estar atendida por dos comadronas durante las labores de parto. Una de ellas, una muy buena amiga, había venido expresamente desde Alemania para asistir al nacimiento de mi hija. Las comadronas me transmitieron confianza y seguridad pues notaba que no sólo tenían sabiduría intuitiva sino también extensos conocimientos profesionales. Me acomodaron en distintas posturas para facilitar a mi hija su “salida del cascarón” pues, al quedar encajada su cabeza sin poder pasar el hueso púbico, el parto se complicó un poco. Recuerdo como respirábamos al unísono, recuerdo nuestras entonaciones, como me animaban y sus manos me acariciaban. “¡Déjala salir! ¡Ten confianza! ¡Ábrete!”

Ya ha pasado algún tiempo desde el alumbramiento y mi nenita está aquí, tumbada a mi lado. ¡Qué preciosa es! Cada día que pasa está más grande y fuerte y siento una inmensa gratitud. Estoy agradecida por el hecho de que ella existe, por ser su madre y por haber podido contar con comadronas excelentes antes, durante y después de dar a luz.

Una comadrona encarna una cantidad increíble de sabiduría femenina. Y puede ofrecer mucha ayuda a los padres primerizos: los preparativos con hierbas especiales y homeopatía durante la gestación, la gimnasia de preparación al parto, la asistencia en el alumbramiento y los cuidados posparto del recién nacido y de la madre.

Actualmente, en Ibiza son unas 20 mujeres al año que deciden dar a luz en casa. Hay dos comadronas en Ibiza que, de momento, trabajan por cuenta propia: Britta (Tel. 971 33 69 66, móvil 610 44 25 53) y Estella.
 
Texto: Uta Horstmann







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