EDICIÓN 34: Abril - Junio '09

IGLESIAS FOTIFICADAS

Texto y fotos: Ketty Montero
LAS IGLESIAS FORTIFICADAS
Refugios de oración y guerra


Los ataques de los piratas de Berbería atemorizaron a los pobladores de la isla de Ibiza durante siglos. Esto propició que la construcción de las iglesias tuvieran un doble aspecto: al culto propio del templo se unió el empleo de éste como refugio. De ahí la singular fisonomía de las iglesias fortificadas ibicencas, en las que se dan la mano la fe y la práctica defensiva, la piedad de los payeses y el temor al invasor morisco.

Desde las costas africanas los piratas lanzaban incursiones para hacerse con los esclavos, ganado y víveres. En las crónicas de la iglesia de Santa María apenas se registra un año sin desembarco de turcos o argelinos. Cuando las fogatas de las torres del litoral daban la alarma de la llegada de los berberiscos, los payeses, que vivían en alquerías dispersas por el campo, corrían a buscar refugio en las iglesias.
Algunas, como la de Sant Miquel, siguen el modelo de iglesia-castillo que Hernán Cortés llevó a Méjico con la conquista. Todas tienen macizos muros en declive, parapetos rodeando sus terrazas y carecen casi totalmente de huecos, lo que las hacía virtualmente inexpugnables para un enemigo sin artillería. El pórtico o “porxo” es su elemento más característico. Allí encontraban las familias cobijo y protección cuando venían los piratas.




A principios del siglo XIV, el siguiente a la conquista catalana, se inicia en la isla la construcción de las cuatro primeras iglesias rurales. Los árabes habían dividido la isla en cuatro “quartons”: Benizamit, Xarc, Portmani y Algarb, distribución que se seguía conservando, y a ellos corresponden estas primeras iglesias. Casi siempre fueron los propios payeses quienes pidieron permiso a las autoridades eclesiásticas para la construcción del templo y la llevaron a cabo ellos mismos.

Su formación parte de una nave rectangular a la que se iban haciendo sucesivas adiciones: capillas, porxos, patios de entrada, casa parroquial. La techumbre era plana, en forma de azotea, y allí se instalaban las piezas de artillería para su defensa, hasta la caída de Isabel II.

La de Santa Eulària, inaugurada en 1568, es la más bella. Correspondía al “quartó del rei” (Xarc). Erigida sobre la colina del Puig den Missa, tiene aspecto de fortaleza, con su torre de vigía semicircular englobada en la edificación y artillada hasta mediados del XIX. El porxo orienta hacia la iglesia su triple fila de arcadas y, con sus claras reminiscencias árabes, tiene casi pretensiones de mezquita. El conjunto, atalaya sobre el vasto mar, fue declarado paisaje pintoresco en 1952.

La de Sant Miquel era la del “quartó de Balanzat” (Benizamit). Es la única de la isla con planta de cruz. En el lateral sur de la nave principal estaba la puerta para los hombres y al extremo de la nave transversal la de las mujeres. Durante mucho tiempo la separación de los sexos dentro del templo fue tajante. Delante del pórtico un patio recoleto, abierto al exterior por tres arcos, sirve de escenario a los bailes payeses.

La concesión de la iglesia de Sant Antoni lleva fecha de 1305 y era la del “quartó de Portmani”. Durante el siglo XVII se hicieron grandes obras de ampliación. El campanario ha sufrido muchas modificaciones a través de los siglos.

La iglesia de Sant Agustí (1798) correspondía a la zona del Vedrà d’es Ribes. Edificada sobre una pequeña loma, domina el pueblo con sus espesos muros y su torre defensiva. Como la de Sant Jordi, la única almenada.



Sant Miquel


Santa Eulalia


Santa Eulalia


Sant Agustí


Sant Jordi




Gracias a las peculiares circunstancias históricas de la isla, podemos disfrutar hoy día de esas maravillosas edificaciones con una plástica totalmente fuera de lo común y que, como dijo el arquitecto José Luis Sert, “son monumentos y símbolos por derecho propio y sin esfuerzo”.


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