EDICIÓN 30: Agosto - Octubre '08

LA CASA PAYESA





Acostumbrados a las invasiones desde hace siglos, los ibicencos han sabido preservar sus tradiciones y costumbres. Debido al aislamiento, la comunidad de payeses ha desarrollado una personalidad de fuertes rasgos, de peculiaridades acusadas, que ha conseguido sobrevivir hasta nuestros días.




Al transitar por la isla, llama poderosamente la atención la belleza de la casa payesa y cuán armoniosamente se inserta en el paisaje. Ya sea la más simple, compuesta por cubos que van creciendo en número con las necesidades familiares, o la de dos pisos con terraza de arcos arriba, la distribución varía poco.





Se compone de sala principal o porxo, orientada al sur; el pórtico o porxet, que proporciona sombra a la entrada; la cocina, sa cuina, con una gran chimenea que, a menudo, cubre la mitad del espacio; el horno de pan, es forn, cuya cúpula redonda es de origen árabe y puede estar separado o anexo a la cocina; la o las cisternas, cerca de la entrada o englobadas en la edificación; las habitaciones, con una pequeña ventana alta y cuadrada, antiguamente sin cristal para la ventilación; las bodegas, salas de almacenamiento, a veces con prensas de aceite o vino; los corrales, distribuídos alrededor de la casa.











Los aljibes y cisternas recogen el agua de lluvia. A tal efecto, las casas tienen por techo azoteas planas con canalillos, que se barren con una escoba nueva antes de las primeras lluvias. El conjunto de las edificaciones suele estar cuidadosamente encalado. La casa rural ibicenca ha sido vista por algunos como un palacio al estilo micénico, autónomo y cubriendo todas las necesidades.

Toda casa payesa tiene un nombre que la identifica, normalmente el apodo del que la construyó. Debido a la consanguinidad, los apellidos se repiten. Según un censo de 1880 los apellidos Tur, Ribas, Juan, Guasch, Bonet y Prats, cubrían la mitad del censo electoral. Como una necesidad de diferenciación surge el apodo, que viene a veces del oficio, del lugar, nombres de animales o vegetales o alguna característica del apodado.





Otras construcciones propias de la isla son las torres vigía o de señales. Siguiendo la costa, y a veces en el interior, encontramos unas torres circulares de piedra, que se utilizaban para avisar con fogatas de la llegada de los piratas turcos o berberiscos. Los campesinos buscaban entonces refugio en las iglesias fortificadas o en las casas mejor protegidas. El poblado de Balafi, con las torres integradas en las casas, es el más bello conjunto arquitectónico de la isla.



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