EDICIÓN 27: Febrero - Abril '08

CORSARIOS: ISLA DE PIRATAS










Hubo un tiempo en que Ibiza y Formentera estuvieron como perdidas en la inmensidad de sus aguas turquesas, olvidadas por la península ibérica. Colón había descubierto el Nuevo Mundo, y otras rutas de comercio eran el centro de atención. Rondaba el siglo XVI, y los piratas controlaban el Mediterráneo. Saqueaban las islas, devastaban pueblos enteros, cogían a la gente y los vendían en el mercado de esclavos. De cuando en cuando, Formentera era vaciada completamente de habitantes.





Pero los isleños no se amilanaban. “Hay que hacer Ibiza inexpugnable para siempre“, decidió el rey español Felipe II, y ordenó la construcción de la impresionante muralla de Eivissa en 1556. Surgió una fortificación que nadie antes había construido: muros en pendiente, de dos kilómetros de largo, hasta 20 metros de altura y tres metros de espesor. Los cinco baluartes de las esquinas, que permitían apuntar en todas direcciones, sobrevivieron a cada ataque y aún hoy están en pie. Protegidos por el recinto amurallado, los legendarios tiradores de piedras – esas increíbles armas – permitieron a los habitantes baleares hundir barcos enteros.

Mientras tanto la costa de Ibiza se convertía en un elaborado “sistema de alarma”, vestigios de lo cual aún podemos encontrar en muchos paseos. Para avistar con tiempo a los piratas se construyeron torres de vigilancia por toda la isla. En cuanto aparecía un barco en el horizonte se daban señales – de humo durante el día, de fuego durante la noche. En aquellos tiempos siempre había otra torre vecina a la vista que podía retransmitir las señales. Así los fuegos de aviso se extendían rápidamente por la isla y los habitantes se escondían en los bosques.








Muchos también buscaban cobijo en las iglesias fortificadas que eran a la vez capillas y refugios contra los piratas, a menudo con cañones en los tejados – aún más vestigios de estos tiempos de barbarie. La iglesia de Sant Jordi incluso muestra las típicas almenas defensivas. En Santa Eulalia, la iglesia se asienta como un pequeño castillo, favorablemente estratégico, en el Puig d’en Missa.





También los agricultores protegían sus granjas. Muchos construyeron gruesos muros y torres de protección, formando auténticos pueblos fortificados. El conjunto de Balafia cerca de Sant Lorenç aún muestra claramente este aspecto.

Toda Ibiza se defendió contra los piratas. Pero no todos saben que los isleños cambiaron las tornas y se lanzaron también ellos al mar para abordar barcos enemigos. Casi cada ibicenco tiene entre sus ancestros algún famoso corsario. El más prominente fue Antonio Riquer, que se apoderó del barco Felicity, de los corsarios ingleses “El Papa”, en 1806.








Hasta el siglo XIX, los corsarios de Ibiza convirtieron el Mediterráneo en un mar inseguro, y lo hicieron de forma completamente legal. Su Majestad en persona les dio permiso, con la llamada “patente de corso”, ya que en esos tiempos España no tenía una marina o ejército de mar. Los piratas mantuvieron así las aguas del territorio libres de enemigos, realizaron auténticas hazañas heroicas y obtuvieron ganancias para sí mismos. Los Schebeks ibicencos eran pequeños y flexibles barcos que traían a casa el botín y los prisioneros.





De esta forma las Pitiusas alcanzaron una nueva prosperidad, gracias a la cual fue posible el reasentamiento de Formentera.

El 30 de Mayo de 1856 los poderes fácticos del momento decidieron acabar con tanto salvajismo. España al principio se negó a adherirse aludiendo que se limitaba demasiado su defensa nacional. Con todos los respetos el país se atuvo al acuerdo y finalmente lo firmó en 1908.

Por todo ello es por lo que los Corsarios alcanzaron tanta fama en Ibiza. Y de ahí viene el obelisco “Ibiza a sus Corsarios” que se encuentra frente a la Estación Marítima en el puerto de Eivissa – un monumento único erigido en honor a los piratas.




Se ocultaban en las cuevas donde escondían el contrabando.








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